viernes, 27 de agosto de 2010

Y YA MAS NADA

     Es septiembre, los perales de donde los Curup se han desvestido poco a poco y solo enseñan sus cadavéricas ramas. El sol se cuela entre las nubes para alumbrar un pedacito de polvo del camino y una  ardilla curiosa olfatea el ambiente para luego salir disparada hacia los matorrales.

II

     Llevamos casi dos semanas practicando, tanto a la hora de recreo como al finalizar la jornada de la mañana,  para el desfile del 15 de septiembre, día de la Independencia patria y por más que lo intento no logro diferenciar el flanco derecho del flanco izquierdo, el alto de la media vuelta y el ¡fiiiirmes! del ¡march...eeeen!, lo que me ha hecho ganar no pocos varejonazos del profesor de  Educación Física y de los comandantes de pelotón.

     Sin duda yo no  nací para el servicio militar y mi asma se recrudece con las grandes nubes de tierra que se desprenden de la cancha de futbol del Campo Barrios, pero no queda más remedio que seguir tratando de descifrar los guturales gritos de los alumnos mayores y del profesor.

     La hechura del uniforme es un auténtico dolor de cabeza, llevo mil visitas al sastre para tallar el pantalón de gabardina azul y ajustar la camisa blanca. Al final de cuentas, hoy,  catorce de septiembre, después de ir a cantar el Himno Nacional e izar la bandera en el parque, tuve que apurar al bendito sastre para que lo entregara a las ocho de la noche, prácticamente ya sin tiempo para arreglar los desajustes, que no eran  pocos por cierto. 

La bragueta no funcionaba, la bolsa trasera del pantalón estaba cosida a éste, los broches no llegaban, la camisa tenía una manga más larga que la otra y le faltaba un botón.

      Me consuela el saber que el retraso del sastre me permitió ver los innumerables recorridos de antorchas que se apagaban ante la pertinaz llovizna que caía.

III

     Por fin llegó el fatídico día, es quince de septiembre. Me levanté  muy temprano y me fui a bañar todavía a medio palo. El agua de la regadera estaba friísima y casi me congelo al tratar de enjabonarme, sin embargo no tuve más remedio que terminar la faena, pues mi abuela vociferaba en la cocina y no le gusta que la haga esperar para el desayuno. Me sirvo la  leche con cereal y le agrego cuatro panes de allá donde Próspero, que hace unos volcancitos deliciosos y me entretengo más de la cuenta lamiendo la azucarada harina del cono.

      Se que lo hago intencionalmente, ¿qué más da?, la verdad no me gusta mucho la idea de ir a hacer el ridículo ante todo el pueblo, así que me entretengo también leyendo todas las indicaciones contenidas en la caja del cereal y repaso una y otra vez cómo se arma el avioncito que viene dentro de la caja. 

Un grito de mi mamá me saca del letargo y lo que pude haber comido sin sobresaltos, ahora debo atragantármelo ya que son casi las siete y el desfile no tardará en empezar.

     ¡Malhaya la hora!, no encuentro el corbatín de burro de feria y mi mamá está en la puerta de la casa apurándome, pero no hay problema, se debe haber caído cerca de la cama.

IV

     Gracias a Dios la seño Olga de Milligan pasó en su pick up y nos dio un aventón, sin embargo el aire me paró el testarudo y rebelde cabello que poseo y parezco, ni más ni menos, que un puerco espín. Con la mano trato de asentarme el cabello mientras caminamos hacia las escuelas, mi mamá se dirige rumbo a la de niñas y yo a la de varones, que están juntas una de la otra.

     El redoble de los tambores y  el estruendo de los platos me provocan un nudo en el estómago.

 Lo sé, lo sé… no debo mirar al compañero de adelante, el hacerlo provocará que pierda  el paso… y pierdo el paso, mire o no mire. El desfile se encamina por la calle principal hacia el parque Juyú, allí daremos la vuelta y regresaremos al parque central, donde todavía tengo que soportar la lectura del acta de Independencia en voz de Don Gil, que es una voz con cierto aire de comicidad, vaya, vaya…- Pueblo sanjuanero, bla, bla, bla…-.

     El acto terminó, los bailes de la seño Mimí, las acrobacias de los alumnos de la Pre Vocacional, los poemas alusivos a la fecha por los alumnos de sexto primaria, todo es ya un nuboso recuerdo; en pocos minutos nos darán en el Instituto los cinco centavos y los helados de hielo y podremos irnos a la casa a descansar hasta la seis de la tarde para la arriada del pabellón.

     Siempre me ha gustado el viejo edificio que alberga tanto al Instituto Pre Vocacional como  al salón de actos de la comunidad; sus fuentes me llenan de melancolía y se respira un aire con un toque de solemnidad en todas sus aulas, que en septiembre se ven adornadas con los más increíbles altares patrios. 

El salón de actos me inspira  misterio, su tarima de madera suena hueco al brincar sobre ella y pareciera que debajo guarda espíritus y almas en pena que se solazan espantando a la patojada.

V

     Estoy contando los días, que me saben eternos. Ya salió el Repasando de la editorial Oscar De León Palacios y realmente es una fiesta para  mi clase competir contestando las preguntas de las materias que llevamos; lo mejor de todo es que muchas de éstas vendrán en los exámenes del fin de año escolar que el ministerio de Educación prepara para las escuelas públicas. 

Estoy contando los días, las vacaciones están a la vuelta de la esquina y tendré tres meses para holgazanear como se debe.

VI

     Octubre asoma su cabeza despeinada por los primeros vientos, pero también trae escondidas las angustias de los exámenes.

 Afortunadamente, aunque no soy un alumno brillante, he estudiado lo suficiente durante el año como para  temer dejar una retrasada y que me caiga una buena tunda de parte de mis papás.

     A excepción del corbatín de burro de feria, debo usar el mismo uniforme que utilicé en el desfile del quince de septiembre. 

Todos estamos frente al monumento en honor a Justo Rufino Barrios; Guayo, Carlitos, Maco, Jorgito y Choni me asedian con preguntas de  Idioma Español y Mate, yo les contesto como puedo y la Chica, la señora que vende naranjas peladas, panes con frijoles y tostadas, nos voltea a ver dibujando en su rostro una pícara sonrisa.

     El timbre eléctrico suena con su voz ronca y nos anuncia que debemos correr a la puerta de la escuela para entrar, en ordenada fila y buscar nuestros asientos en el inmenso corredor escolar. 

Cada uno de nosotros saca su escritorio y lo colocamos tratando de formar dos hileras según órdenes del supervisor del ministerio.

 Luego nuestra profesora nos acomoda dejando un escritorio vacío de por medio, procurando de que los haraganes no se coloque cerca de los aplicados.

     A las once de la mañana todo ha terminado, es hora de ir a jugar pelota en la cancha de baloncesto que se encuentra al inicio del Campo Barrios y donde destrocé tantos zapatos y pantalones.

VII


     ¡Las vacaciones han llegado! y las alterno unos días con mis primos Raúl y Saúl, los días restantes los paso con Roberto, mi vecino, quien me sigue la corriente a la perfección y aparenta disfrutar de lo que yo hago. 

Nos apetece ir todas las mañanas al parque Juyú y columpiarnos en los juegos que todavía resisten el paso del tiempo, jugamos a los indios y vaqueros dentro de las vacías piscinas y en ocasiones bajamos al riachuelo que lo atraviesa para molestar a las ranas y cazar tepocates.

 Otras veces tomamos el rumbo hacia San José Tres amores para hartarnos de manzanillas verdes  y bajar resbalándonos por las partes del camino donde encontramos barro húmedo.

     Por las tardes, después de la consabida chamusca, nos vamos a chapotear a las Pilitas o, si las fuerzas lo permiten, nos dirigimos a las piscinas de Vista Bella a congelarnos en sus frías aguas, o a comer chocobananos en la tienda de don Enrique, ubicada al inicio del  camino que va a Cruz Verde.

     En la casa ya tenemos televisión, aunque mi mamá es muy rigurosa en cuanto a permitirme encenderla, pero en realidad no la necesito, con el debido permiso me voy a la calle de nuevo, esta vez al parque donde el electrizado y el pan caliente están a la orden del día. 

Cuarta, cincos, conleipas y sinleipas, trompos y capiruchos, chajalele,  chiploc y las anécdotas de lo ocurrido durante el tiempo que llevamos vacacionando son el menú a la carta de que disfrutamos, amén de los especializados comentarios sobre las aventuras de Kaliman que leemos donde doña Lucinda todos los lunes por un len.

     Es octubre, las grisáceas nubes dejan caer los últimos aguaceros, el invierno toma su sombrero de copa y empieza a despedirse muy ceremoniosamente, pero con firmeza; escupe con fuerza rayos y centellas, llora copiosamente cada tarde y pone un velo de melancolía en el rostro de los campesinos de mi pueblo, que con el mecapal a cuestas aparecen por los caminos sin decir de dónde vienen y quién sabe a dónde van.

      Por las empedradas calles el agua corre velozmente, casi con furia, arrastrando decenas de barquitos de papel que naufragan siempre al inicio de su travesía. La corriente es más fuerte al centro de las calles y se arma un relajo de Santo Señor Mío cuando todos los malcabrestos patojos que se salen de sus casas sin pedir permiso brincan sin cesar de un lado a otro sobre ésta, unos para despedirse de las incómodas botas de hule que nos compran por el mes de mayo, otros para sentirse libres y disfrutar cada gota de agua que como látigo golpea nuestros rostros y empapa  la ropa, aunque al regresar al hogar sepamos que un varejón o el palo de una escoba se encargarán de darnos nuestro merecido castigo, pero ¡qué importa, cara de torta, la vieja que te ahorca…!, quién, que se precie de ser un aventurero soñador,  no ha sentido sobre su piel el frio gratificante del agua de aguacero, del agua de tempestad, del aguacero de agua, de la tempestad de agua, del agua de arriba, del agua de abajo, San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol…

     Este sábado iremos a la capital, a la casa de  mi abuela paterna, situada en la Avenida Bolívar,  situación que me hace sentir como un avaro ambicioso, pues se que eso me representa obtener por lo menos una choca y algunas historietas cómicas de parte de mi tía Concha, que me consiente demasiado, pero yo me dejo sobornar ya que ella es en realidad un alma de Dios, buena como el pan de yemas, dulce como la panela con que mi abuela endulza el café molido en casa y calentado en el poyo de la casona por la Coro, la fiel muchacha que ha crecido en el seno de la familia.

     Está claro que para obtener tan preciado botín deberé acompañar a mi tía a la iglesia de Santo Domingo el 12 de octubre, día destinado por ella para visitar a  la Virgen del Rosario, así que preparo bien mis piernas para soportar las tres horas de interminable fila que haremos para subir a besar a la Virgen Santísima y luego tendré que verme obligado a comerme, por lo menos, tres sabrosos buñuelos y un vaso de atole de elote. ¡Dios Santo, qué sacrificio!, sin embargo bien valdrá  la pena el esfuerzo.

     Hoy es viernes 12 de octubre, nos alistamos desde temprano mi abuela, sus hermanas, mi tía Concha y Martita, la hija de Coro, que tiene mi misma edad y yo.     

Salimos hacia la Avenida Bolívar y dos cuadras más adelante, casi llegando a la  mueblería El Sol tomamos un bus de la ruta 7 que, por cinco centavos cada uno, nos lleva a nuestro destino en la zona 1. Claro está que el llegar de la parada del bus al templo de Santo Domingo nos toma casi una hora, pues mi abuela, una persona muy peculiar, se niega a caminar más rápido y no le gusta que la apuren.

     Cuando llegamos, ya ha pasado la Homilía y el sacerdote está recibiendo las ofrendas de los fieles devotos. El templo está abarrotado y nos es difícil desplazarnos dentro, por lo que mi tía Conchita decide que salgamos al atrio para ponernos en la fila destinada a subir a besar a la Santísima Virgen del Rosario, colocada sobre el altar mayor. 

A partir de ese momento mi travesía hacia lo sagrado se vio salpicada de centenares de Padres Nuestros, Aves Marías, jaculatorias, letanías, peticiones, bendiciones y murmullos.

VIII
    

     ¡Frío, frío, frííío…tibio, tibio…tibbbb…io, caliente, caliente!, sí, caliente, casi chamuscado llegó el día de entrega del certificado. 

Son las tres de la tarde y nuevamente engalanado con mi uniforme de marchar me encamino hacia el salón municipal de actos donde, después de una ceremoniosa y aburrida clausura del año escolar, nos entregaran a todos el certificado del ministerio donde consta que aprobamos o reprobamos el sexto año de primaria.

     Será la última vez que pueda estar con mis compinches , con quienes conviví durante seis hermosos y largos años. De repente los almohadillazos, los avioncitos de papel, las transacciones de estampas de cuanto álbum salía a la venta, las competencias entre filas, las validas al gavilán, el estancado y las historias de espantos y aparecidos que contábamos cuando la maestra salía durante los períodos de clase, las chamuscas que jugábamos en el ancho patio de la escuela en parejas de a cuatro, como decíamos muy convencidos de nuestra aseveración matemática, donde el que meta el gol primero gana, a diferencia de las chamuscas del Calvario, en las que para ganar sólo el último gol contaba aunque los marcadores fueran de treinta a veinte; todas estas cosas, estas pequeñas cosas parecían desvanecerse  como un mero y dichoso recuerdo. 

Las Ticuizas, Guayo, Miche, Carlitos bushaca, Tyron, Maco, Jorgito de San Pedro, Román, Pelo´e coche, Choni, Víctor y Daniel, los mejores dibujantes de la clase, Santiago, Margarito y Julio, las infelices víctimas de las bromas más pesadas y salvajes, Isaac, Héctor y Ventura, Chalo Canastuj quien provocada las risadas de todos cuando no entregaba los deberes y era pasado al frente del aula para ser castigado con el palo de membrillo o los reglazos sobre los dedos. ¡Santo cielo!, somos casi sesenta, pero menciono a los que compartían más conmigo y con quienes nos fuimos después a la escuelita de párvulos Piedad García y García, para que nos dieran un refrigerio y el lugar en que, también, me atreví por primera vez en mi vida a bailar.

     Ella estaba allí, junto a las demás patojas que terminaban sus estudios de primaria en la Escuela Belarmino Molina y que decidieron compartir con nosotros esa alegría. ¡Dios mío, por favor, que nadie se de cuenta!; si aquéllos notan que Betty me gusta me almorzaran vivo, lo que quizás sea una vergüenza tan grande como el saber que ella ni se fija en mí, ¡qué se va a fijar en un quisquiñudo cuatrojos como yo!, pero aún así me entretengo el resto de la tarde viéndola a escondidas y deseando que el día de hoy no se termine…

IX
     
     Hoy es jueves 1 de noviembre, día de Todos los Santos y mañana, dos de noviembre, día de los Fieles Difuntos es, además, cumpleaños de mi hermano mayor. Mi papá nos ha levantado temprano para ir al cementerio a adornar la tumba de la familia y todos debemos cargar con las flores que se pondrán en cada nicho.

 Gladiolas, margaritas, ave del paraíso, rosas, crisantemos y el infaltable velo, todo envuelto minuciosamente en papel periódico y unas viejas tijeras, son nuestro cargamento cuando tomamos rumbo abajo, por las calles empedradas para ir a salir al callejón donde vive Don Rubencito Ortíz, donde, por cierto, acudimos muy seguido a tomar leche al pie de la vaca, para   luego enfilar por la calle ancha de tierra hasta el cementerio, que se encuentra abarrotado de ventas de manías, panitos,  mazapanes, dulce de coco y un montón de juguetitos sencillos, pero atrayentes que van apareciendo a través de mis odiados lentes, los cuales se me caen a cada rato y que estoy a punto de perder cuando intentamos ingresar al camposanto, atestado de gente desde la madrugada . Todavía alcanzo a leer el despintado rótulo que reza “Aquí el que grande se creyó no es dueño ni de su misma sepultura rota”… que, en honor a la verdad, me inspira una angustia terrible, pánico diría yo.

      Por fortuna no debemos avanzar demasiado, a pocos metros de la puerta y sobre la calzada principal se encuentra el panteón de la Familia Solís Guerrero, pintado de un triste gris con ribetes blancos y con un ángel de mármol coronando su frontispicio. 

Me entretengo algunos momentos en leer las lápidas colocadas al frente, pero mi papá me apura a llevarle las flores que traigo y al mismo tiempo me da unos destartalados botes de metal para ir a conseguir agua a la antigua pilona del cementerio que amaneció, por cierto, bien caleada y con el agua cristalina. Regreso apresurado y pido adornar yo la tumba de mi abuelo Manuel, que murió un año después de mi nacimiento y por la cual siento una especial predilección.

     La mañana transcurre rápidamente entre saludos a viejos conocidos, reencuentros con personas olvidadas  y bromas entre mi papá y sus familiares. 

Mientras tanto,  he aprovechado para escaparme junto a Carlitos bushaca y nos encaramamos al muro que circunda el gigantesco cementerio para hurtar algunos jocotes de corona del lado del terreno del Gato Fidel. Nos paramos sobre el muro y así podemos divisar a la gran cantidad de gente que se encuentra frente a las tumbas de sus seres queridos, pero quienes más llaman nuestra atención son los grupos indígenas que parsimoniosamente mascullan unas ininteligibles oraciones en lengua, toman un trago de Indita y luego escupen hacia la tierra, acto que es repetido por todos los miembros del grupo sin importar la edad.

     Como saltimbanquis caminamos sobre el muro hasta el final del  cementerio, nos bajamos y decidimos regresar por entre las tumbas que, en esta parte, están a flor de tierra cubiertas de pino despenicado y flores de muerto y apenas si se observa alguno que otro mausoleo, a diferencia de la parte de arriba en la que se encuentran  todo tipo de  construcciones fúnebres. 

Es casi medio día y el abrasador sol de la mañana empieza a ser cubierto por algodonosas nubes que son traídas por un fuerte viento al tiempo que en la lejanía barriletes de colores culebrean para no desplomarse al suelo o enredarse en el cableado eléctrico.

     Por fin, mi papá decide que es tiempo de regresar a la casa para forrarnos de fiambre, según su propia expresión. De vuelta nos acompaña mi tío Rafa, un señorón con cara de pocos amigos que, sin embargo, es chusco y ocurrente y su compañía sugiere que tendremos que pasar por donde mi tía Mira, hermana de don Rafa y de mi abuelo, a echar el respectivo aperitivo para los adultos y para los patojos una Grapette bien fría que cuesta tres centavos en la tienda de  doña Llana.

     Cuando llegamos a la casa mi mamá ya tiene listos los platos de fiambre y a partir de ese momento empieza un inacabable desfile de primos maternos de mi papá que van rumbo a San Raymundo y que pasan a saludar, dicen ellos…

    
X

     Pasa un cuarto de las cuatro de la tarde, la lluvia que empezó a caer muy cerca de las tres ha escampado ya, es muy probable que sea la última lluvia de la temporada de invierno que viene a despedirse anegada en llanto para volver a aparecerse a finales de abril o principios de mayo con su cargamento de zompopos, palomillas  y los molestos ronrones que truenan como nueces cada vez que uno, por descuido, los pisa.

     He pedido permiso para irme al cementerio nuevamente ya que hemos quedado con mis, todavía, compañeros de clase para corretear por los angostos pasajes que separan una tumba de otra o subirnos a éstas y brincar sobre sus techos. 

Alguien compra una bolsa de manías y comemos hasta hartarnos recostados en las paredes de la ancha pila sin percatarnos que la cal, húmeda aún, nos ha manchado el estreno de ropa. 

Pero, ¿qué importa eso?, ora subimos al tétrico campanario del cementerio, ora nos admiramos de la tumba del Padre Herrera con sus cuatro patas de león y cuando ya el ocaso ha empezado a pintar de obscuridad el cielo de mi pueblo, al voltear a ver sobre nuestros hombros podemos admirar en la parte baja del camposanto una deslumbrante alfombra de fuego formada por miles de candelas de cebo que arden impertérritas sobre las tumbas excavadas en la tierra. Es, sin temor a equivocarme, un espectáculo maravilloso que se quedará grabado pétreo en mis ojos hasta el día en que yo también deba quedarme a descansar para siempre en la sacrosanta quietud de un mausoleo.

     En la lejanía, algunos barriletes insisten en dibujarse sobre la penumbra y sacan chispas al contactar con los celajes naranjas que se diluyen conforme la negrura de la noche avanza. 

En el grupo, Miche es el más ansioso porque llegue el manto nocturno a cubrir nuestras travesuras, la boca se le hace agua solo de imaginarse los güisquiles, peruleros, güicoyes y elotes cocidos, la famosa “cabecera” que nuestros indígenas les dejan a sus muertos para que se alimenten en el más allá y que, por lo visto, sirve también  para satisfacer la gula de avorazados mortales.

     Aunque yo no participo de la aventura, me solazo viendo como mis amigos se escurren sigilosos amparados en las tinieblas para robarse las verduras cocidas y algunos jocotes amarillos, de esos que se usan para hacer los jocotes en miel o rapadura y que, por cierto, no me agradan mucho que digamos; prefiero, ¡mil veces!, el pastel de güicoy que hace mi mamá y que le queda de chuparse los dedos. 

Román y Miche no se contentan con el precioso botín sino que deciden llevarse, de pilón, algunos octavos de Indita y Farolazo, lo que en algunos, como yo, provoca verdadero terror.

      Es ya tarde, luego de separarme de mis condiscípulos me he encontrado con mis  primos, Raúl y Saúl, menos inquietos, cabe decir, con quienes recorremos pausadamente los vericuetos del cementerio hasta que nos damos cuenta que debemos marcharnos para nuestras casas, pues la media noche se acerca a pasos agigantados y no queremos que las Santas Animas nos encuentren en su camino allá por donde doña Romelia, así que apuramos el paso y separadamente con un lacónico – bueno, muchá- nos desaparecemos en los umbrales de nuestras residencias.

XI

     El mes de  noviembre se deja sentir en el ambiente, viene muy calladito con sus fríos vientos, con sus tardes cristalinas repletas de sol y de acuarelas en el cielo. 

El mes de noviembre dibuja caminos de tierra y polvo rumbo a Sajcavillá montados, mi segundo hermano, mis primos y yo, en frágiles bicicletas que dominamos con mucha pericia, para regresar por San Pedro, por la carretera asfaltada, tan llena de curvas y árboles entrerramados, pero que nos permite desplazarnos a velocidades endemoniadas tomando en cuenta que el tráfico de buses y carros es muy esporádico. 

Algunas veces decidimos detenernos en Las Pilitas para darnos un chapuzón en su rectangular y rígida piscina, o guacalearnos en las pilas anegadas de agua nacida  y separadas por oxidadas láminas.

     El mes de noviembre nos invita a las diez de la mañana a comernos unas sabrosas anonas en el mercado o a atiborrarnos de tones donde la Nati. 

El mes de noviembre juega tenta en el parque todas las tardes después de recibir la doctrina con Ramiro en la iglesia parroquial, puesto que en diciembre recibiré la sagrada comunión, hecho que provoca burlas de mis amigos ya que todos la han recibido desde mucho tiempo atrás y yo, dicen, estoy muy viejo para tales menesteres. 

Demás está decir que, por mi carácter tímido y fantasioso, no soy muy susceptible a las puyas zahirientes de mis amigos y procuro no prestarles demasiada atención; soy algo así como cuero de danta ante las burlas y bromas malintencionadas con excepción, claro está, de las relacionadas con el amor.

     No se crea, sin embargo, que soy un pata ´e chucho consumado, nada más alejado de la realidad. Por el contrario, me encanta quedarme en la casa leyendo o escuchando música horas de horas. 

Mi mamá compró hace algunos años un tocadiscos azul en el cual, subrepticiamente, oigo los discos de Sandro, Enrique Guzmán y  los Iracundos, propiedad de mi hermano Jorge, que los cuida más que a su vida y me degollaría si le rayo alguno; por esa razón prefiero usar el radio Crown que mi tía Conchita me dio en calidad de préstamo con la promesa que para la Navidad me regalaría uno más pequeño y con audífonos. 

En ocasiones escucho la radio 5-60, empero, por la insistencia de Pachero, que así le dicen mis hermanos a mi primo Raúl por la frenética afición que tenía  a beber la leche en pacha, he empezado a escuchar Radio Señorial y la Voz del Hogar; sin embargo,  la que sí, en definitiva, no me gusta es Radio Exclusiva que transmite música, para mi gusto,  muy alocada.

     Me fascina escuchar la voz de Ramiro Mac Donald Blanco anunciado la primera emisión de Guatemala Flash en Radio Fabulosa y al medio día escuchar el editorial de Cartones Radiofónicos en la Nuevo Mundo, aunque lo que más me gusta es escuchar los domingos en Radio Panamericana el programa de música clásica que oye mi papá, es delicioso el placer que siento cuando  la voz del locutor dice –“Donde mueren las palabras empieza la música, ésta es la inspiración sublime de los genios del pentagrama…”- y luego, con un acento ronco y varonil  acotar – escucharemos ahora  el adagio  del Concierto para oboe en D menor, Op.9-2- de Tomaso Albinoni-.

  Lamentablemente, el inicio de este programa también es señal de que debo levantarme y prepararme para ir a la misa dominical que ceremoniosamente es oficiada a las ocho de la mañana por el padre Gálvez; por dicha, mi abuela Lola, a escondidas, me da un pan de a dos centavos para que me lo coma al terminar la misa.

     Cuando salgo al amplio corredor de la casa de doña Tala, que nos la alquila por catorce quetzales al mes, me encuentro al Ninoff, el perro Pastor Alemán que poseemos, meneando  la cola  y que se me acerca con el júbilo pintado en su cara para olfatearme completito.

 Recostado en uno de los pilares del corredor está ya Pepe Jachas quien, domingo a domingo, llega tempranito para lustrar los zapatos de la familia y que con su particular voz intercambia algunas bromas conmigo.

XII

     La música es una muy particular afición mía, me enloquece, me embriaga, me apasiona y cuando tengo la oportunidad de conseguir una caja de cartón grande, me entretengo jugando al locutor de radio acompañado de un teléfono rosado de plástico, que tiene un sonido muy especial cuando se le disca. Junto a mí, siempre descansa un oso de plástico, también de un color rosado pálido, que lleva por nombre Víctor y que tengo desde que era muy pequeño… yo, no el oso. 

Leonardo Favio, Tormenta, Roberto Carlos, Adamo, Joseles, La Fórmula Cinco, Abracadabra, Los Galos, Los Angeles Negros, Raphael de España, Silvana Di Lorenzo, Gigliola Cinquetti y pare usted de contar a cientos de intérpretes más, forman parte del repertorio que programo para miles de oyentes invisibles que sólo existen en mi imaginación y a quienes acepto sus peticiones musicales a través del teléfono rosado sólo después de una amena charla para responder a sus preguntas.

XIII

     Noviembre casi termina, el ambiente se hace más gélido ahora y el aroma de la Navidad empieza a filtrarse por los matorrales y los cerros que circundan San Juan, los cuales logro escudriñar con el telescopio que en una Navidad anterior mis papás me compraron en el Almacén El Roble, en la sexta avenida del centro de la capital. 

Es un telescopio pequeño, de color gris asfalto y que se puede colocar en un trípode diminuto, que  permite manipularlo con facilidad y con él me paso buen tiempo observando a la distancia los sembradíos de hortalizas y los viveros de flores que se distinguen desde la ventana de mi cuarto.

     Hoy debo acudir  a la sastrería de Mingo Coc para tallarme el tacuche que usaré en mi primera comunión y de paso aprovecharé para irme a potranquear al Zacatón con mis primos, si es que el guardián nos deja entrar, en caso contrario intentaremos meternos clandestinamente  u optaremos por dirigirnos al campo Barrios o irnos en cicle a la Viña, una pequeña finca situada en las afueras del pueblo, camino de San Raymundo, en la que cultivan unas deliciosas manzanas.

     ¡Ah, noviembre de mi pueblo!, noviembre de pantalones rotos, noviembre que se va a tirar con honda con Bombín y Chelito,  que lleva los bolsillos llenos de bodoques de barro comprados donde Tin Cuervo; noviembre de carreta de cojinetes que se desboca sin frenos en la bajada de la piscina de Vista Bella, noviembre que se atraganta de atole de elote y de panes de yema, de tostadas o de rellenitos de plátano por las tardes en las bancas rojizas del parque y que a hurtadillas se asoma a las ventanas del Billar Las Victorias al tiempo que don Carlos Pizotío  lo echa con palabras soeces.

 Noviembre que trae las primeras angustias por ver a la chiquilla de cabello corto que vive a cuadra y media de la casa de mi tía Mira y que cada vez que me ve se sonríe pícaramente como si supiera que me muero por ella…

XIV
    
     El calendario tiró once meses al olvido y con recia mano diciembre toca a la puerta. Ramiro se afana en terminar a tiempo con la doctrina para que el Padre Gálvez pueda examinarnos y darnos su bendición de tal manera que el ocho de diciembre, día de la Virgen de Concepción, desde muy temprano, un grupo de ishtos mocosos y desgarbados podamos tomar, por vez primera, el cuerpo de Cristo.

 -¿Dónde está Dios?- ¡Dios está en todas partes!-, ¿ Cuáles son los mandamientos de la ley de Dios?- y en mi cabeza, como cuando me metía entre ceja y ceja las capitales de Europa, los ríos de Africa, los lagos de Asia, se repiten sin cesar- uno: Amaras a Dios sobre todas las cosas, dos: no pronunciaras su nombre en vano, tres: honrarás a padre y madre, ¡ no matarás, no mentirás, no fornicarás (¿qué es eso?, solo Dios sabe), no desearás a la mujer de tu prójimo ( y ese, ¿quién es?), no, no ,noooo…!

     Es un catecismo completo cuyas tapas son de papel manila,  con un color blanco amarillento,  que me debo aprender de memoria, de tal manera que cuando mi mamá me manda a quitarme el cabello, cargo el bendito catecismo para seguir repasando todas las preguntas, impresas en negrillas, con sus respectivas  respuestas, impresas en tipo normal. 

Cuando llego donde don Chelo, éste se encuentra afilando una navaja de afeitar sobre un raido cincho de cuero que cuelga del sillón de la barbería, mientras un parroquiano le contesta con mal disimulado enfado, asintiendo con pujidos o soltando escuetos monosílabos en forma de pregunta. Al verme entrar don Chelo me saluda muy efusivo con un- ¡qué tal vos, patojo! sin dejar de soltarle a su víctima…, perdón, cliente, un torrente de cientos de palabras, frases, exclamaciones y una que otra vulgaridad.

     Una hora debo esperar para que el pintoresco barbero, ataviado con una chaqueta blanca de doble solapa y abotonada hasta el cuello, me atienda y, como era de esperarse, me asalta con su consabida pregunta: -¿Querés que te pele con o sin paisaje?, pregunta a la que yo, siempre que me tocaba desgreñarme, contestaba con un lacónico- sin paisaje-; pero esta vez y teniendo en cuenta que mi visita era para acicalarme convenientemente por mi primera comunión, decidí aceptar su propuesta de quitarme el cabello con paisaje, no sin antes preguntarle si el precio cambiaba, a lo que me respondió afirmativamente: -Diez len sin paisaje y quince con paisaje-. Como mi mamá me había dado una choca, pues acepté ver caer mi cabello por lo menos disfrutando, según yo, de algo que siempre me había intrigado.

     Cuál no sería mi sorpresa al ver que don Chelo se encaminaba a una vieja marquesa pintada de blanco, abría una gaveta y sacaba una lámina enrollada que, con un fuerte ademán, extendió y colocó sobre el espejo situado frente al sillón. Era nada más y nada menos que un gigantesco almanaque recortado que mostraba la fotografía de una gran pradera recubierta de flores amarillas y con un volcán nevado al fondo. 

Como se ha de suponer, protesté con una mezcla de rabia por el engaño y de admiración por el ingenio del dicharachero peluquero, quien muerto de la risa puso junto al paisaje una foto de Marylin Monroe desnuda para que me calmara y pudiera empezar así su faena.

 Religiosamente don Chelo siempre inquiría por el estilo de corte que me gustaba, aunque al final solo lo pudiera cortar a rapa o flap top, aunque esta vez, en cierta forma como una venganza, le dije que únicamente quería un recorte con camino al lado que, al final, me lo dejo como la carretera de San Pedro a San Juan.

XV

     El ambiente navideño se transpira por todo el cuerpo, hoy es viernes siete de diciembre y celebramos la quema del diablo, pero antes tuve que ir con Mingo para recoger mi traje, hecho de un polyester celeste que me queda un poco ajustado, sin embargo no tengo otra opción que aceptarlo puesto que mañana sábado hago la primera comunión y ya está todo arreglado. 

Después de pasar por la sastrería me fui presuroso a buscar, rumbo a Loma Alta,  algunas ramas de chiriviscos que servirán para hacer la fogata, junto con algunas cosas de la casa que ya no sirven, como manda la tradición.

      El reloj de la Municipalidad está dando las seis de la tarde y  empezamos a encender la fogata, a lo lejos se escuchan los estruendos de los cohetillos y ametralladoras que retumban sin cesar. Al ver  las calles desde lo alto, éstas asemejan una amarillenta serpiente cubierta de resplandor. 

Cuando el fuego consume hasta las cenizas el promontorio de basura, me entro apresuradamente a la casa para preparar la candela, un librito nacarado y la moña que llevaré mañana, los cuales coloco sobre el traje que descansa cerca de la camisa blanca y mi primera corbata  a la que mi papá, cuando regrese de la capital, le hará el nudo respectivo.

XVI

     Esta vez me tocó madrugar, pues la misa empieza muy temprano y debo caminar hasta la iglesia. 

En los corredores de la casa mi mamá ha dispuesto unas mesas pequeñas cubiertas con un largo mantel blanco donde se servirá el desayuno al finalizar la ceremonia religiosa y que consistirá en un delicioso tamal  colorado preparado por doña Silvina acompañado por una copita llena de vino de consagrar y pan francés.

     La misa ha terminado y al salir nos llaman a todo el grupo para que Beto Canastuj pueda  tomarnos unas fotos en el jardín del convento parroquial y una última  en la calle, en la ensenada que se forma entre el atrio de la iglesia y el convento. 

Al llegar a la casa, las primas de mi papá conjuntamente con mi abuela Lola y mi mamá empiezan a servir el desayuno, los niños por un lado y los adultos por otro engullen el típico desayuno sanjuanero que se estila en estos acontecimientos.

     El día transcurre sin mayores contratiempos  y ya llegadas las ocho de la noche debemos acudir, todos aquellos que tomamos por vez primera el cuerpo de Cristo, a la iglesia parroquial,  de la cual saldrá la procesión de la Inmaculada Concepción y que Ramiro, en especial deferencia, nos permitirá cargar. 

Lo más emocionante viene al finalizar la procesión, pues miembros de la cofradía disponen quemar dos toritos armados hasta los dientes con juegos pirotécnicos y que provocan las delicias de cuantos nos hallamos frente al atrio de la gigantesca iglesia erigida en tiempos de la colonia en honor a San Juan Bautista; son quince minutos de carcajadas, de gritos jubilosos mientras los toritos que bailan al compás de un son, lanzan su furia al lienzo negro de la noche  para encenderlo con volcancitos de colores y rugientes encordelados.

     Es tiempo de dormir, en silencio me acurruco en mi cama protegido por una pashama de dos piezas de color azul celeste y cierro los ojos muy despacio, como queriendo retener en el parpadeo toda la felicidad que me embargaba ese día. El Ninoff, que estuvo prisionero en el baño por la mañana, corre alegremente por el patio de la casa y con sus ladridos espanta a los fantasmas que noche a noche se sientan sobre el tejado enmohecido esperando ver la madrugada…

XVII


     Después de muchos ruegos, mi mamá me ha dejado sacar la caja que contiene  los adornos navideños y los  pastorcillos de barro que colocaremos en el nacimiento. 

Los saco uno por uno para clasificarlos según el estado en que se encuentren, por acá hay uno descabezado, por allá una vendedora del mercado se quedó sin su canasto, a algunas ovejas les falta una oreja o se han descascarado y el único Rey Mago que tenemos no se cansa de mostrar el regalo que le llevará al Niño Jesús. 

Pero, entre todos, hay un esqueleto de plástico cuyo origen desconozco por completo y que, sin quererlo, sufre los embates de todos los demás pastores hasta dejarlo noqueado. A pesar de esto,  es uno de mis favoritos y es pieza infaltable  cuando se elabora el Belén.

     Hoy es el día de la Virgen de Guadalupe, es miércoles 12 de diciembre, este año lamentablemente, por caer la celebración entre semana no podré acompañar a mi tía Conchita a la Basílica de Guadalupe, lugar que se llena de fieles devotos desde la noche del día anterior por lo que es casi imposible ingresar al templo, pero mi tía es perseverante y por nada del mundo dejará de rezarle a la virgencita morena. 

El mero día es común ver a grupos familiares que llevan a sus hijos pequeños vestidos con trajes indígenas pertenecientes a todas las etnias de Guatemala y a quienes, al salir de la iglesia, se les toma una foto instantánea montados en caballitos de madera. 

En lo particular, a mí me encanta acompañar a mi tía pues, al regreso pasamos a comer buñuelos, a  beber ponche y luego,  nos vamos directamente hacia la sexta avenida a ver los almacenes adornados ya con motivos navideños. En especial me atraen La Juguetería, El Buen Precio, Marlín y el Gran Emir que tiene una gigantesca vitrina donde se lucen en espectacular escaparate los trajes de moda.

     El fin de semana se pasó muy lento, bostezando,  entrecerrando los ojos y con una ligera y cínica sonrisa dibujada en su cara. 

Las emisoras de radio no se cansan de transmitir música navideña y comerciales muy sugestivos como el de B&B y el de Ajinomoto que tienen unas tonadillas sumamente pegajosas, creo, sin embargo, que quienes se llevan el primer lugar son el grupo The Ventures cuyos temas sirven de fondo para casi todos los anuncios publicitarios.

XVIII

     Lunes 24, vísperas de Navidad, hoy es Noche Buena, sin duda la celebración más esperada por miles de guatemaltecos y yo no puedo ser la excepción. De mañana mi mamá me ha dado dinero para ir al mercado y comprar el musgo, el paxte, la manzanilla, las patas de gallo, renovar pastores y tal vez un ranchito o un pozo en miniatura que no estén muy caros. 

Por la gracia de Dios he podido comprar todavía una bolsa de arena blanca y otra de piedrecitas pómez; debo volver rápidamente para hacer el nacimiento y despedazarme el hígado tratando de arreglar las series de luces y enrollarlas en el pino que, seguramente, don Rubencito, el mismo señor de la leche,  ha llevado a la casa.

     Transcurrió casi por completo la mañana y yo aún estoy en mis menesteres de altarero, pero queda poco por realizar. En realidad puedo decir que el nacimiento me  ha quedado, sino una obra de arte, bastante pasable, aunque los pastores rotos desentonan un poco, de tal manera que los coloqué entre el musgo para disimularlos.

     Creo, convencido estoy de ello, que la tarde del 24 es una de las cosas más lindas que uno pudiera imaginar. Los rayos del sol caen perpendicularmente sobre el corredor de la casa, el cual tiene forma de escuadra, el piso  tiene cuadros amarillos y rojos que  le dan a la casona un aspecto bastante raro si tomamos en cuenta que las paredes de las habitaciones y del propio corredor están pintadas alternativamente de rosado y de un verde esmeralda. 

Al nomás entrar a la casa, el zaguán presenta tres descansadores de gradas y lo primero que se observa es un juego de sillones de madera pintados del mismo color esmeralda que las paredes, por encima del sillón más grande hay colgado un cuadro con el rostro del nazareno rodeado de rombos de espejo y adornos dorados. Conforme se avanza, a mano izquierda, se localiza primeramente la sala, donde unos sillones de cuerina blanca me sirven para pasarme horas enteras admirando mi nacimiento. 

Enseguida aparece la puerta que da entrada a los dormitorios y a la par está el cuarto de los chunches, habitación en donde insiste en dormir mi abuela Lola. 

Contiguo están el comedor y la cocina separados por un muro pintado del mismo tono que los sillones de madera.    Finalmente se encuentra el baño, un cuarto obscuro donde dejamos las bicicletas y al mismo tiempo duerme nuestro perro. 

El lavamanos se encuentra en el frontón que finaliza la casa y que se une a una gigantesca pila de dos lavaderos que está cubierta por una galera de lámina como se estilaba en las casas antiguas que, hoy por hoy, abundan en San Juan.

     Cuando son casi las seis de la tarde mi mamá me envía a la casa de doña Mila para recoger los tamales colorados y algunos negros que pide especialmente para mí. 

La verdad que los tamales de doña Mila, quien vive por el Calvario y los de doña Silvina, que vive en la esquina de enfrente,  son un manjar de chuparse los dedos.

     Poco a poco las doce de la noche se van acercando, en el ambiente flota un aire raro y el estruendo de los cohetillos y silbadores parece no cesar nunca; en algunos minutos nos iremos a la misa de gallo y luego nos vendremos corriendo, casi volando, para recibir al Niño Jesús a la hora en punto. 

Cuando suenan las doce -compañeros-, el ruido producido por las ametralladoras y las bombas es poco menos que infernal; en la sala de la casa estamos reunidos todos los miembros de la familia, con excepción de mi hermano mayor, quien reside en Canadá, nos damos el abrazo respectivo y pasamos posteriormente al comedor para devorar, así literalmente, los tamales. 

Mi papá decide dirigirse a la casa de la tía Mira y yo me quedo solo en la sala abriendo mis regalos, que no son pocos por cierto.

     Es Navidad, todos nos hemos puesto nuestro estreno de ropa y cerca del medio día nos iremos nuevamente a la casa de mi tía Mira, donde almorzaremos y donde, también, todos los primos podremos mostrar los regalos que recibimos con el consabido estribillo de -¡vaya, vaya… la papaya…- que mis primas recitan en coro cuando alguien arruina algún costoso juguete.

     La hora de despedirse de las vacaciones casi está llegando y muy dentro de mí no puedo ocultar la angustia de saber que otro largo año viene abriendo sus enormes fauces para tragarnos completitos, sin misericordia y que, de colofón,  trae colgado de su pecho un enorme calendario cuyas hojas se irán cayendo despacito, muy despacito. 

La semana entre la Navidad y el Año Nuevo transcurre sin sobresaltos y el único día que se sale un poco de la rutina es el veintiocho de diciembre, día de los Santos Inocentes, en el cual mi papá se da gusto gastándoles bromas al resto de nuestros familiares.

     El treinta y uno de diciembre parece ser una copia de la Noche Buena con la única salvedad de que ese día no recibiremos regalos y entonces el aliciente para soportar hasta las doce de la noche con los ojos abiertos desaparece. 

Ahora la llegada del Año Nuevo parece eterna, los ojos me pesan como si tuviera plomo en los párpados y los bostezos parecen  apropiarse de mis sentidos. De repente la alegría vuelve a inundar el ambiente y otra vez los cohetes y juegos pirotécnicos son los amos y señores de la noche, todo se repite... todo,  como espero se repita el resto de mi vida.

     ¡Eso es…!  Un nuevo año, una nueva vida.

1 comentario:

gatonelblu dijo...

Este escrito, que pretende ser una especie de autobiografía, no está del todo sujeto a hechos cronológicamente válidos, sí a hechos reales, pero sucede que tengo el defecto de poner sucesos ocurridos en fechas que no corresponden.
Hago énfasis en que lo narrado aquí si ocurrió verdaderamente en algún momento de mi infancia y la finalidad, al fin y al cabo, es mostrar un poco de aquella Guatemala de los años setenta que lastimosamente no volverán.